sábado, 30 de marzo de 2013

ALAS


A veces las verdades más grandes se ponen ante nuestros ojos, en las más simples cosas, y sin embargo, en el fragor de la cotidianeidad, no podemos apreciarlas. Tomemos, por ejemplo, nuestras propias manos…lo maravillosas que son. Si comenzamos a considerar todo cuanto pueden hacer, se evidenciará ante nosotros cuanta sabiduría oculta se encierra en su diseño.

Pero otros aspectos de ellas se nos pasan por alto.

¿De qué servirían nuestras manos si lo único que pudiéramos hacer fuera cerrarlas en torno a algo para aferrarlo? Imagínense la vida aferrando algo todo el tiempo, sin poder abrir las manos para acariciar, para palpar, reconocer o utilizarlas de diversas y nuevas formas…sin poder tocar nada nuevo.

Para ser capaces de tocar y apreciar lo nuevo, de dar y tomar otras cosas, las manos fueron concebidas para abrirse…para soltar lo que ya no nos es útil.

Esta verdad que parecería elemental se aplica, más aún, cuando se trata de nuestra necesidad de liberar esos sentimientos viejos y esos desgastados pensamientos que obstruyen primero, y luego ponen en peligro nuestro corazón y nuestra mente. Estos han quedado "atrapados" dentro de nosotros porque no hemos aprendido a ponerlos en libertad. Como toda energía…la liberamos cuando dejamos de alimentarla una y otra vez con miedos, bloqueos que piden urgentemente la dádiva del perdón…creencias que damos por necesarias para seguir apoyándonos en estructuras que nunca nos han servido más que para limitarnos…

Una vez que entendemos que “dejar ir” es la parte que falta a nuestro corazón para sentirse pleno…paradójicamente vaciándose de algunos de sus apegos, nos acercamos a la realización de muchas de nuestras aspiraciones…pues el “dejar ir” es el socio perfecto para el descubrimiento de nuestro Ser Verdadero

Dejar ir es como poner en la puerta de nuestro corazón y nuestra vida un cartel de “Hay vacante” para ver con asombro cómo nuevas posibilidades y personas aparecen en nuestro renovado espacio…y como la alegría crece y crece y se expande…ya no tenemos tiempo para aferrarnos a la aprobación de los que nos rodean…Hemos aprendido a soltar…a abrir las manos el corazón y la vida…y eso es libertad pura.

Y lo mejor de todo, como resultado de nuestros descubrimientos cada vez mayores en el arte de dejar ir, nos encontramos en el umbral de resolver el misterio más grande: ¿quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Y cuál es nuestro verdadero rol en este mundo? Porque así como comenzamos a ver la realidad de “lo que es” en su expresión atemporal de un continuo co crear, experimentar y dejar ir…para comenzar de nuevo… nos damos cuenta de que nosotros mismos somos parte integrante de esta gran historia sin fin.

Si toda la vida se recrea a cada momento - y nosotros mismos somos parte de su proceso interminable de perfección- dejar ir no es una facultad especial y difícil de adquirir…sino, por el contrario: dejar ir es un estado sin esfuerzo de nuestra propia conciencia… un poder natural que solo necesita ser activado para que nos demos cuenta de cuánta libertad nos puede conceder.

Cierra tus puños y míralos unos instantes…luego ábrelos y siente la ligereza y el alivio que el “dejar ir”, el “soltar” les proporciona…Son como dos mariposas asumiendo la posición del vuelo…asimismo…piensa en tu corazón…en tu mente…cuánta tensión liberarían si les concedieras el permiso de abrirse, de soltar, de dejar ir…para que la mariposa del SER que eres alcance la altura deseada, cualquiera sea el rumbo que elija.

¿Puedes sentirlo?

La mano y el corazón…como la Vida, no pueden permanecer cerrados por mucho tiempo sin que les crezcan alas…lo que es maravillosamente inevitable.

DESDE MI CORAZÓN ALADO…LES ABRAZO SIEMPRE!

Tahíta

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