sábado, 31 de diciembre de 2011

SIGNIFICADO ESOTÉRICO DEL NACIMIENTO DE JESÚS EL CRISTO



QUE CADA UNO DISCIERNA Y ACEPTE AQUELLO QUE RESUENE INTERNAMENTE EN SU SER ♥

FRAGMENTO DEL LIBRO…DE BELÉN AL CALVARIO- EL TIBETANO POR ALIEC BAILEY-

SIGNIFICADO ESOTÉRICO DEL NACIMIENTO DE JESÚS EL CRISTO



"Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alum­bramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón."

Con esas simples palabras comienza la historia trascendental. Una historia de tan vastos alcances y consecuencias, que recién hoy empezamos a ver los resultados. Sólo hoy, dos mil años des­pués del acontecimiento, la lección de la vida de Cristo está produciendo un efecto formativo en la imaginación de los hombres; sólo hoy, la fundamental lección que Cristo vino a enseñarnos está produciendo los necesarios cambios en la capacidad de captación del hombre.. Cristo llegó en la plenitud del tiempo, justamente cuando la humanidad se aproximaba a la madurez, mostrándonos en Si Mismo y a través de Su vida, lo que un hombre fue y podía ser. Phillips Brooks dice:



“ ¡El misterio del hombre! El que no cree en eso no puede entrar en la gloria plena de la Encarnación, ni puede creer en Cristo. Allí donde lo misterioso de la adultez toca lo divino, aparece Cristo... Para quien conoce los límites superiores de ese misterio en su propia vida, la histo­ria de cómo debería ser capaz de recibir y contener a la divinidad en sus profundidades, no puede ser increíble ¿o debería decir no puede parecer extraño? Una vez sentido el misterio del hombre ¿puede ser extraño? Cuando pensamos si es posible que Dios debería colmar a la humanidad de Sí Mismo y cuando vemos que la humanidad puede estar colmada de Dios ¿puede concebirse que no Lo haga? ; ¿no habrá encarnación? De la misma manera cuando parece inevitable y natural, el cristianismo se convierte en nuestro canon. Sólo entonces brilla en la cima de la mon­taña, hacia la que todas las fibras de nuestra vida inferior aspiran. El Hijo de Dios es también el Hijo del Hombre."

iEl Hijo de Dios es también el Hijo del Hombre! Este hecho ha sido tal vez olvidado, por el énfasis puesto en Su divinidad. Esa divinidad está allí y nadie puede tocarla u ocultarla, es radiación y luz blanca pura. Pero la condición humana está también allí, como garantía para nuestras oportunidades y potencialidades, res­paldando nuestra fe. Mediante el poder magnético exhalado por las palabras del Apóstol Bienamado, al describir a Cristo como al Hijo de Dios que habla en forma divina, nos postramos con amor y adoramos esa divinidad. Pero Su condición humana es subra­yada por San Lucas y San Mateo, así como Su vida de Gran Servidor fue exaltada por San Marcos. Se ha discutido la divini­dad de Cristo. De no haber existido otro Evangelio que el de San Juan, sólo habríamos conocido Su divinidad. Cristo como hombre, y Lo que hizo y Lo que fue como tal, no ha sido considerado por este Evangelio. Por ejemplo, se ha indicado que:

“... en el evangelio, según San Juan, no hay una sola parábola. ¿Sabía usted esto? Y si lo sabía ¿no le parece extraño? Es lo menos que puede decirse.

"Pero esas no son las omisiones más asombrosas.

"No se registra el Nacimiento virginal.

"No se registra la Tentación.

"No se registra la Trasfiguración.

"No existe el Sermón de la Montaña." (57)

Cualquier escritor moderno, responsable de una biografía de Cristo, sería criticado muy severamente (de parte de los teólogos y ortodoxos) si hubiera omitido puntos tan importantes. Pero, evidentemente, según la opinión del apóstol, esos puntos no fueron de primordial importancia. El Espíritu de Cristo era lo más vital y necesario. Los otros tres apóstoles proporcionaron el ambiente y lo detalles, y aparentemente hicieron mucho para poner esos detalles de acuerdo a las enseñanzas del pasado, respecto al medio y vida de los instructores y salvadores del mundo, donde encon­tramos una curiosa coincidencia en acontecimientos y hechos.

Se ha discutido sobre los detalles relacionados con la aparición fenoménica del Cristo y se ha descuidado el énfasis puesto en tres de las iniciaciones, sobre Sus palabras y significado.

Muchos Hijos de Dios, durante las edades, han dado a la humanidad una visión progresiva y reveladora, interpretando para la raza el Plan de Dios, en términos adecuados a cada época y temperamento. La uniformidad de la historia de sus vidas, la repetida aparición de la Virgen Madre (frecuentemente una variante del nombre María), la simi­litud de los detalles del nacimiento, todo indica la constante y re­novada promulgación de una verdad. Por su dramática cualidad y repetida ocurrencia, el Espíritugraba en los corazones de los hombres ciertas grandes verdades, vitales para su salvación.

Una y otra vez han aparecido instructores, manifestando la naturaleza divina según lo justifica el desarrollo racial, enuncian­do las palabras que determinaron la cultura y la civilización de los pueblos, y siguieron su camino dejando que la simiente sem­brada germine y rinda fruto. En la plenitud del tiempo llegó Cristo y, si la evolución tiene algún significado y la raza en con­junto ha desarrollado su conciencia, el mensaje que dio y la vida que vivió, deben necesariamente sintetizar todo lo mejor del pa­sado, y completar, realizar y proclamar, una posible cultura espi­ritual futura, que trascenderá grandemente todo lo que el pasado pudo haber dado.



La mayoría de esos grandes Hijos de Dios, resulta curioso constatarlo, nacieron en una caverna y por lo general de una madre virgen.

A Isis, con frecuencia, se la representa de pie sobre la luna creciente, con doce estrellas rodeando su cabeza. En casi todos las iglesias católicas romanas del continente europeo, pueden obser­varse cuadros y estatuas de María, "Reina del Cielo", de pie sobre la Luna creciente y su cabeza circundada por doce estrellas.

"Es más que casualidad que tantas vírgenes madres y diosas de la antigüedad llevasen el mismo nombre. La madre de Baco era Myrra; la madre de Hermes o Mercurio era Myrra o Maia; la madre del Salvador siamés Sommona Cadom, se llamaba Maya María, es decir, 'María la Grande'; la madre de Adonis era Myrra; la madre de Buda era Maya; ahora bien, todos esos nombres: Myrra, Maia o María, son igual que María, la madre del Salvador cristiano. El mes de mayo estaba consa­grado a esas diosas, así como está dedicado a la Virgen María actual­mente. Ella se llamó Myrra y María, y también María. . . "

En el lenguaje simbólico del esoterismo, la caverna es el lugar de la iniciación. Esto siempre ha sido así y podría efectuarse un estudio muy interesante del proceso iniciático y del nuevo naci­miento, si se recogieran y analizaran las numerosas referencias sobre esos hechos que ocurrieron en cavernas, citados en antiguos documentos. El establo en que nació Jesús fue con toda probabili­dad una cueva, porque en esos días, muchos establos eran exca­vaciones. Esto lo reconoció la iglesia primitiva y se dice que "es bien sabido que mientras en los Evangelios se establece que Jesús nació en el establo de una posada, los primeros escritores cristia­nos, tales como Justiniano mártir y Orígenes, dicen explícita­mente que nació en una caverna."

Mitra nació en una cueva, como muchos otros. Cristo nació en una cueva y entró, como lo hicieron todos Sus antecesores, en la vida de servicio y sacrificio, capacitándose así para la tarea de Salvador del mundo.

Los Salvadores trajeron luz y revelación al género humano y fueron sacrificados, en la mayoría de los casos, por el odio de quienes no comprendieron su mensaje u objetaron sus métodos. Todos ellos "descendieron a los infiernos y al tercer día resucita­ron". Hay veinte o treinta relatos similares difundidos al correr de los siglos en la historia de la humanidad, y estos relatos y las misiones descritas son siempre idénticos.

"La historia de Jesús, como se verá, tiene muchas cosas análogas con los relatos de anteriores dioses soles y con el actual recorrido del Sol en los cielos, Enumeremos algunas: 1) el nacimiento de una madre virgen; 2) el nacimiento en un establo ‑‑caverna o cámara subterránea‑; 3) el 25 de diciembre ‑justamente después del solsticio de invierno‑‑; 4) la Estrella de Oriente ‑Sirio‑; 5) la lle­gáda de los Magos ‑los tres Reyes‑; 6) la amenaza de exterminar a los inocentes y la consiguiente huida a un país distante ‑según se dice ‑de Krishna y otros dioses soles. Tenemos además las festividades de la Iglesia, o 7) la Candelaria, el 2 de febrero, con procesiones de cirios para simbolizar la creciente luz; 8) Cuaresma, o la llegada de la primavera; 9) la Pascua, generalmente el 25 de marzo, para celebrar el cruce del Sol por el Ecuador, y 10) simultáneamente, la erupción de luces en el Santo Sepulcro de Jerusalén. Tenemos 11), la Crucifixión y muerte del Dios‑Cordero, el Viernes Santo, tres días antes de Pascua; además 12) la crucifixión en un árbol; 13) el sepulcro vacío; 14) la resurrección gozosa (como en los casos de Osiris, Attis y otros); 15) los doce discípulos (los signos del zodíaco), y 16) la traición por uno de los doce. Más adelante tenemos: 17) el Día de San Juan (24 de junio), dedicado al nacimiento del bienamado discípulo Juan, la analogía del día de Navidad; tenemos las festividades 18) de la Asunción de la Virgen (15 de agosto); 19) la Natividad de la Virgen (8 de septiembre), analogía del traslado del dios a través de Virgo; además la contradicción de Cristo y sus discipulos en la constelación de otoño; 20) la Serpiente y el Escorpión y, finalmente, el cunioso hecho de que la Iglesia 21) dedica el mismo día del solsticio de invierno (cuando cualquiera puede dudar lógicamente del re­nacimiento del Sol) a Santo Tomás, i que puso en duda la verdad de la Resurrección!"

Cualquier estudiante de las religiones comparadas puede investigar la veracidad de esas declaraciones y al final quedará asombrado por la persistencia del amor de Dios y la voluntad de sacrificio que manifestaron todos esos Hijos de Dios.

Por consiguiente es prudente y oportuno recordar que:

"Estos acontecimientos se reproducen en las vidas de los diversos Dioses Solares, y en la antigüedad abundaron ejemplos de ello: Isis en Egipto, como María de Belén, fue nuestra Señora Inmaculada, Estrella del Mar, Reina del Cielo, Madre de Dios. La vemos en las estampas, de pie sobre la media luna creciente, coronada de estrellas, sosteniendo en sus brazos a su hijo Horus, con una cruz en el respaldo del asiento, donde está sentada su madre y él en su regazo. El signo de Virgo del zodíaco está representado en antiguos dibujos como una mujer amamantando a un niño, el tipo de todas las futuras Madonnas con sus divinos Infantes, demostrando el origen del símbolo. Devaki también se representa con el divino Krishna en brazos, igual que Milita o Istar de Babilonia, también con la consabida corona de estrellas y con su hijo Tammuz sobre sus rodillas. Mercurio y Esculapio, Baco y Hércules, Perseo y Dioscuri, Mitra y Zaratustra, eran todos de origen humano‑divino.”

Resulta apropiado recordar que la catedral de Notre Dame de París está construida sobre el antiguo solar de un templo dedicado a Isis, y la Iglesia primitiva con frecuencia se valía de una seudo ocasión atea para determinar un rito cristiano, o día cristiano de recordación sagrada. Incluso así fue establecido el 25 de diciem­bre como el día de Navidad. La misma autora dice:

"Respecto a la designación del 25 de diciembre como nacimiento de Jesús, Willamson afirma que: 'Todos los cristianos saben que el 25 de diciembre se reconoce ahora como la festividad del nacimiento de Jesús, pero muy pocos se dan cuenta que esto no ha sido siempre así. Se dice que ha habido ciento treinta y seis fechas distintas, establecidas por las diferentes sectas cristianas. Lightfoot la fija el día 15 de septiembre, otros la establecen en febrero o agosto. Epifanio menciona dos sectas, una que la celebra en junio y otra en julio. El asunto fue definitivamente decidido por el Papa Julio, en el año 337 d. C., y San Crisóstomo, en el 390, dice: 'En este día, es decir, el 25 de diciembre, también en Roma fue fijado últimamente el nacimiento de Cristo, de modo que cuando los paganos celebraban sus ceremonias (la Brumalia en honor de Baco), los cristianos realizaban sus ritos sin ser molestados."

La elección de esta fecha determinada es cósmica en sus impli­caciones y estamos seguros que los sabios de los tiempos primitivos tomaron estas grandes decisiones premeditadamente.Vuelve An­nie Besant a decirnos que:

"La deidad siempre nace en el solsticio de invierno, después del día más corto del año, en la medianoche del 24 de diciembre, cuando el signo de Virgo asciende sobre el horizonte; nace cuando este signo asciende, nace siempre de una virgen, que permanece virgen después que ha dado a luz a su hijo Sol, como la Virgen celestial permanece inalterable y sin mácula cuando el sol surge de ella en los Cielos. Débil, endeble como infante, es él, nace cuando los días son más cortos y las noches más largas. . . "

Es también interesante recordar que:

"El Venerable Bede que escribió a principios del siglo VIII, dice que 'el antiguo pueblo de la nación anglo', con lo que alude a los ingleses paganos antes de establecerse en Gran Bretaña en el año 500 d. C., 'comenzaban el año el 25 de diciembre, en el que ahora celebramos el nacimiento de nuestro Señor' y agrega que la noche del 24 al 25 de diciembre, ‘que es la noche tan sagrada para nosotros ahora, se llamaba en la lengua de ese pueblo, Modranecht, es decir, Noche de la Madre, por las ceremo­nias que ejecutaban en esa larga vigilia nocturna'. El autor no menciona cuáles eran esas ceremonias, pero evidentemente estaban relacionadas con el nacimiento del Dios Sol. En la época en que los ingleses se convirtieron al cristianismo en los siglos VI y VII, la festividad de la Navidad, el 25 de diciembre, había sido ya establecida en Roma desde hacía tiempo, como una celebración solemne, pero en Inglaterra, su identificación con el alegre 'Yule' pagano (palabra ésta que aparentemente significaba 'hol­gorio') le confirió un tono festivo que no lo tenía en la parte meridional. Este tono ha prevalecido en marcado contraste con la característica que existe entre las razas latinas, donde era desconocida hasta hace pocos años la costumbre del Norte de festejar y hacer regalos en Navidad."

En la época del nacimiento de Cristo, Sirio, la Estrella de Oriente, estaba sobre el meridiano, y Orión, llamado por los astró­nomos orientales "los Tres Reyes", se encontraba en sus proximi­dades; en consecuencia, la constelación de Virgo, la Virgen, se elevaba en el Este y la línea de la eclíptica, la del ecuador y la del horizonte, se unían todas en esa constelación.

Entonces vino Cristo y tomó posesión de Su Propia carne y sangre, porque el mundo de los hombres lo atraía y el amor del Padre lo impulsaba. Vino a dar vida a un propósito y a una reali­zación y a indicarnos el Camino: Vino a darnos un ejemplo para ser energetizados por la esperanza que "no avergüenza" y “pro­seguir hasta la meta del premio del supremo llamamiento".Phil­lips Brooks el gran predicador, enuncia esto con toda claridad:



"Cuanto Cristo venga, encontrará que realmente existe el alma del mundo, que contiene en sí las facultades más santas, que se mueve y que tenue u oscuramente, a pesar de todos sus obstáculos, va hacia la verda­dera dirección; lo que haga por el alma del mundo será acelerarla total­mente; emitirá la clarinada de la real vida en sus oídos; hará sentir la nobleza de las actividades que le parecían innobles, la esperanza de los impulsos que le parecían desesperanzados y le ordenaría que fuera como ella misma... Lo indigno se colmará de dignidad, lo insignificante de significado... Tenuemente percibirían el débil reflejo de Su Vida, la ver­dadera Luz del Mundo, la iluminación real y la inspiración de la huma­nidad... La verdad es que cada vida superior a la que llega el hombre y especialmente la superior vida más elevada en Cristo, constituye la verdadera línea de la humanidad del hombre. Tenemos la aceleración y cumplimiento de lo que el hombre es, por la misma esencia de Su naturaleza. Cuanto más irradia la divinidad en el hombre, será más y no menos hombre verdadero." Debe observarse que el viaje que precede al nacimiento es también parte de la historia: de la vida de otros instructores enviado por Dios. Por ejemplo, leemos:



"Entre los treinta y dos signos que debían ser verificados por la madre del esperado Mesías (Buda), el quinto establecía 'que ella debería viajar en el momento del nacimiento de su hijo'. En consecuencia, 'para que se cumpliera lo dicho por los profetas', la virgen Maya, en el décimo mes, después de su concepción celestial, realizaba un viaje para reunirse con su padre, cuando he aquí que el Mesías nace bajo un árbol. Un relato establece que ella se había apeado ante una posada cuando nació Buda'.



"La madre de Lao‑Tsé, el sabio chino, nacido de una Virgen, se en­contraba lejos de su hogar cuando nació su hijo. Se había detenido a des­cansar bajo un árbol, y allí como la virgen Maya, tuvo a SU hijo”. (76)



En el Evangelio se dice que la Virgen María, con su esposo José, y el Cristo‑Niño en sus entrañas, salía de Nazaret, en Ga­lilea, hacia Belén. A veces, el estudio de los significados de los nombres que aparecen en la Biblia y en la tradición, arrojan mu­cha luz sobre el episodio mismo y develan en parte su significado oculto. En el estudio del relato bíblico, he empleado solamente la Biblia y la Concordancia de Cruden, de donde extraje la inter­pretación de los nombres. Allí encontramos que "Nazareth" sig­nifica "lo que se consagra" o se aparta. "Galilea" significa "el girar de la rueda" ‑la rueda de la vida y de la muerte que gira constantemente, arrastrándonos a todos en su giro y manteniéndonos así en la "rueda de la existencia” como la llaman los bu­distas, hasta haber aprendido las lecciones de la vida y conver­tirnos en “instrumento para honrar, santificar y ser útiles al Señor”.



El Cristo dejó atrás la larga jornada de la existencia y Él, con Su Madre, recorre la última parte del camino. Consagrado desde eones a este trabajo de salvación mundial, debe someterse, ante todo, a los procesos comunes del nacimiento y la in­fancia. Cristo salió de Nazaret, el lugar de la consagración, y fue a Belén, la Casa del Pan, donde en forma singular Él Mismo se tuvo que convertir en el "Pan de Vida" para un mundo ham­briento. Fue apartado o se apartó (como todos los hijos de Dios que despiertan), para el trabajo de redención. Vino a dar de comer al hambriento y a este respecto tenemos dos versículos en La Biblia que arrojan luz sobre Su tarea y la correspondiente pre­paración. En efecto, "El grano se trilla" y el propio Cristo nos dice "si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, solo queda; pero si muere lleva mucho fruto". Éste es el destino que Le esperaba cuando nació en Belén. Entonces empezó la carrera, que con el tiempo había de "trillarlo", llevándolo después hasta Su muerte.

Según la concordancia, el nombre "María" significa "la excel­sa del Señor". Al decir estas palabras, viene a la mente el famoso cuadro de Murillo que representa a la Virgen de pie sobre la Luna en creciente y envuelta en nubes celestiales. Tal es la asunción de la Virgen a la gloria. Hay otro punto interesante en relación con la constelación de Virgo, que podríamos mencionar. María, la Virgen, en el simbolismo de la antigua sabiduría, representa la materia virgen, la sustancia que nutre, alimenta y oculta dentro de sí al Cristo Niño, la conciencia crística. En último análisis, mediante la forma y la materia, Dios queda revelado. Ésa es la historia de la divina encarnación. La materia, influida por el Espí­ritu Santo, la tercera Persona de la Trinidad, da nacimiento al segundo aspecto, en la persona del Cristo cósmico, mítico e indi­vidual.

Asociadas al libro de imágenes de los cielos, hay tres conste­laciones, además de la de Virgo, simbolizadas por mujeres. Tene­mos a Casiopeya, la Mujer Entronizada. Esta constelación es el símbolo de la etapa de la vida humana en la cual predomina y triunfa la materia y la forma, donde la vida divina interna está tan profundamente oculta que no hay signo de ella, controlando y rigiendo solamente la naturaleza material. Luego viene una eta­pa posterior en la historia de la raza y del individuo, donde en­contramos a Berenice que surge simbólicamente, es decir, la Mujer que lleva al Cristo‑Niño. En esta etapa la materia empieza a re­velar su verdadera función, que es dar a luz al Cristo en cada forma. Cuando el giro de la gran rueda de la vida haya desem­peñado su parte, entonces María puede salir de Nazaret, en Ga­lilea, y dirigirse a Belén, para dar a luz al Salvador. Por último tenemos a Andrómeda, la Mujer encadenada, o la materia supeditada al alma. Así rige el Alma o el Cristo. Tenemos, primero, la materia dominante, entronizada y triunfante. Segundo, la mate­ria como custodio de la divinidad, de la belleza y la realidad ocul­tas, preparada para traerlas a la existencia. Tercero, la materia como servidora de lo que ha nacido, el Cristo. Sin embargo, nada de esto se efectúa si no se emprende el viaje desde Nazaret, el lugar de la consagración, y desde Galilea, el lugar de la rutina cotidiana de la vida, y todo esto es cierto, ya se trate del Cristo cósmico oculto por la forma de un sistema solar, o del Cristo mí­tico oculto en la humanidad en el trascurso de las edades, o del Cristo histórico oculto dentro de la forma de Jesús, o el Cristo individual oculto en el hombre común. La rutina es siempre la misma: el viaje, el nuevo nacimiento, la experiencia de la vida, el servicio que debe prestarse, la muerte que debe sufrirse y, des­pués, la resurrección para un servicio más amplio.

El nombre "José" significa "el que agrega"; José era un cons­tructor, un carpintero, un obrero de la construcción, el que asienta una piedra sobre otra, una viga sobre otra. Es el símbolo del as­pecto constructivo‑creador de Dios Padre. En esas tres personas, José, el niño Jesús y María, tenemos simbolizada la divina Tripli­cidad, y representados Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, o materia, animada por la Deidad y, por lo tanto, ejempli­ficada en la Virgen María.

En la actualidad las muchedumbres viajan. La enseñanza del Sendero y del Camino a Dios, absorben hoy la atención de los as­pirantes en el mundo. Estamos en el sendero de retorno a Belén, un Belén individual y racial. Estamos a punto de penetrar en la caverna donde tendrá lugar el nuevo nacimiento, y la etapa del largo viaje de la vida está casi completa. Este simbolismo es qui­zá más real de lo que creemos. El actual problema mundial lo constituye el pan, y nuestras inquietudes, perplejidades, guerras y luchas, se basan en el problema económico de cómo alimentar a los pueblos. Todo el mundo se ocupa ahora de la idea de Belén, del pan. En esta sutil implicancia hay una segura garantía de que así como anteriormente Cristo llegó a la Casa del Pan, así cum­plirá Su palabra nuevamente, Se realizará a Sí mismo y retornará. La caverna, lugar de la oscuridad y del malestar, fue para María un lugar de dolor y de agotamiento. Esta historia de la caverna o establo del Nuevo Testamento, quizá sea más simbólica que nin­guna otra en la Biblia. El viaje largo y penoso terminó en una oscura caverna. El largo y agotador viaje de la humanidad nos ha llevado hoy a un lugar muy difícil y desagradable. La vida del discípulo individual, antes de recibir la iniciación y pasar por la experiencia del nuevo nacimiento, es siempre de enormes dificul­tades y penurias. Pero en las tinieblas y en las dificultades se descubre al Cristo; allí puede, florecer la vida crística, y podemos presentarnos ante Él, como el Iniciador.

En la caverna de la iniciación están simbolizados, con claridad meridiana, los cuatro reinos de la naturaleza. En la estructura rocosa de la caverna, aparece el reino mineral. El forraje y el heno, que sin duda están allí, simbolizan el reino vegetal. El buey y el asno representan la naturaleza animal, pero también mucho más que eso. El buey representa la forma de adoración que debía cesar en la tierra en la época que vino Cristo. Había aún muchos que adoraban al toro, culto que prevaleció en la época en que nues­tro sol pasaba por la era de Tauro, el Toro conservado en ese en­tonces en los misterios de Mitra y de Egipto. El signo que precedió inmediatamente a la era cristiana fue Aries, el Carnero o Cordero, simbolizado en los rebaños de ovejas que rodeaban a Belén.

Encontramos al reino humano en las figuras de María y José, el ente humano más la dualidad, tan esenciales para la existencia misma. En el recién nacido, se expresa la propia divinidad. Así, en esa pequeña caverna, está representado el cosmos.

Cuando Cristo nació en Belén, resonó una triple palabra: "Glo­ria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad entre los hombres".Un triple enunciado nos fue dado entonces.

Fue cantado por los ángeles en la noche, para los pastores que cuidaban sus rebaños en los prados que rodeaban la caverna­-establo donde se encontraba el Niño. Un hecho trascendental ha­bía ocurrido en el cosmos y las huestes celestiales lo honraban.

La cuestión de la excepcionalidad de la Tierra frecuentemente ha preocupado a las personas reflexivas. ¿Puede un átomo infini­tesimal en el espacio, tal como lo es nuestro planeta, ser de tanto interés para Dios que permitió este gran experimento? ¿El miste­rio del hombre y el significado de nuestro propósito es de tanta importancia, que no tenga paralelo en ninguna otra parte?

¿Puede realmente ocurrir algo en esta "mota de polvo", de sig­nificación tan vital, como para que los ángeles canten "Gloria a Dios en las alturas, en la tierra paz y buena voluntad entre los hombres" Quisiéramos que así fuera. Tememos el momento en que aparezca nuestra futileza al contemplar las estrellas en el firmamento, sabiendo que existen miles de millones de constela­ciones y cientos de millones de universos. Somos una motita en la gran inmensidad. Sin embargo, Beverley Nichols, en uno de sus libros, tan sugestivo y necesario, señala que:



'Que esta tierra, esta mota de polvo, ha sido elegida entre el infinito número de millones de otros astros, para un único y determinado pro­pósito.'

Citaremos lo que nuestras autoridades han dicho sobre esta decla­ración.

“Ambrose Fleming: 'Hay razones poderosas para creer que un siste­ma planetario como el nuestro es muy raro, sino único, en el universo, y la naturaleza y las condiciones de nuestra Tierra son únicas en esa excepcionalidad.. !'

"Este pequeño grano de arena, que es la Tierra, a la cual tendemos a considerar con desprecio, empieza a asumir un particular brillo propio, ¿no es así? Puede no ser muy grande, pero si nos atenemos a los hombres que saben, parece haber algo distinto en ella. Aun cuando fuese un gui­jarro, sería un guijarro de bastante valor y se justificaría que coleccio­náramos muestras de él.

Arthur Thomson, que debe saber algo de estas cuestiones y confiesa:

'Hay algo aterrador en la aparente excepciona­lidad de nuestra Tierra.’

"¡Unica! Ahí tenemos nuevamente la misma palabra."

Quizá somos más importantes de lo que creemos. Quizá lo que sucede en el reino de nuestra conciencia realmente tiene impor­tancia en el esquema cósmico. Sabemos que no tiene mucha impor­tancia lo que le sucede al cuerpo, pero sí lo que sucede en y a través de ese cuerpo. Quizá lo que ocurre en el cuerpo y por medio de lo que llamamos planeta, habitado también por Dios, es de vital importancia para los planes de Dios Mismo. Esto daría sen­tido a la vida. Sólo cuando hemos captado y apreciado su significado podemos comprender la significación de la Palabra emitida. Parafrasearemos el mensaje de los ángeles, el cual fue emitido por un grupo de seres y dado a otro. Por lo tanto es un mensaje mun­dial que aún espera respuesta. Cuando la conciencia crística se haya despertado en todos los hombres, entonces tendremos paz en la tierra y buena voluntad entre los hombres. Cuando esto ocurra, entonces podrá Dios ser glorificado.

La expresión de nues­tra divinidad pondrá fin al odio reinante en la tierra y derribará los muros que separan a un hombre de otro, a un grupo de otro, a una nación de otra y a una religión de otra. Donde hay buena voluntad debe haber paz, actividad organizada y el reconocimiento del Plan de Dios, porque ese Plan es síntesis, ese Plan es fusión, unidad y unificación. Entonces Cristo será el todo en todos -

Cuando Cristo vino, quienes tenían visión y estaban prepara­dos dijeron: "Su estrella hemos visto en el Oriente y venimos a adorarle".Ese signo se dio a los pocos que estaban preparados y que hicieron el necesario viaje a Belén. Pero otro signo, visto por muchos, fue dado por el ángel del Señor a los pastores que vigilaban el campo esa noche. "Esto os servirá de señal; hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre". Esta señal se dio a los dos o tres que vigilaban, dispuestos a consagrar todo lo que poseían, y que percibieron el destello de la estrella de la iniciación y se apresuraron a encaminarse a la cámara iniciática. La mayoría que estaba interesada y atenta, necesitaba una señal más concreta y fácil de ser interpretada, por eso se les dijo que fueran a ver al infante y a su madre.Pero los tres que comprendieron, fueron a adorar y a dar.

Cuando vieron brillar la estrella, los tres Reyes emprendieron el viaje, y cargados de regalos llegaron a Belén. Son los símbolos de esos discípulos en el mundo que están hoy dispuestos a prepa­rarse para recibir la primera iniciación; trasmutar su conoci­miento en sabiduría y ofrecer todo lo que poseen al Cristo interno.

Los regalos que llevaban constituyen el tipo específico de dis­ciplina que debe seguirse a fin de entregar al Cristo, en el mo­mento del nuevo nacimiento, dones que simbolizarán lo realizado. Los tres Reyes ofrecieron al infante Jesús tres regalos ‑‑oro, in­cienso y mirra. Analicemos por un momento la importancia específica que éstos tienen para el futuro iniciado individual. Los esoteristas dicen que el hombre es de naturaleza triple y esta ver­dad está apoyada por los sicólogos con sus investigaciones y experimentos. El hombre es un cuerpo físico viviente, una suma total de reacciones emocionales y también ese algo misterioso que lla­mamos mente. Las tres partes del hombre: física, emocional y mental, tienen que ofrecerse en sacrificio y adoración, como dádiva voluntaria al “Cristo interno", antes que el Cristo pueda expre­sarse por medio del discípulo y del iniciado, como Él anhela ha­cerlo. El oro es un símbolo de la naturaleza material que debe ser consagrado al servicio de Dios y del hombre. El incienso simboliza la naturaleza emocional, con sus aspiraciones, deseos y anhelos, y esta aspiración debe elevarse, como el incienso, hasta los pies de Dios. El incienso es también símbolo de purificación, ese fuego que consume toda la escoria y deja la esencia para que Dios la ben­diga. La mirra o la amargura, se relaciona con la mente. Por medio de la mente sufrimos como seres humanos, y cuanto más progresa la raza y se desarrolla la mente, tanto mayor es nuestra capacidad de sufrimiento. Pero cuando el sufrimiento se ve en su verdadera luz y se lo dedica a la divinidad, puede empleárselo como instru­mento de mayor acercamiento a Dios. Entonces podemos ofrecer a Dios ese raro y maravilloso don de una mente que ha alcanzado la sabiduría por el dolor, y de un Corazón que se ha hecho bonda­doso por la zozobra y las dificultades superadas.

El oro, objeto que hoy parece ser la sangre vital de los pueblos, debe consagrarse a Cristo. El incienso, los sueños, las visiones y aspiraciones de la multitud, tan reales y profundos que todas las naciones luchan por expresarlos, deben también dedicarse y ofrecerse al Cristo para ser Él el todo en todos. El dolor y sufrimiento y la agonía de la humanidad, nunca tan agudas como ahora, debe ofrendarse a los pies del Cristo. Hemos aprendido mucho. Que el significado de todo esto penetre en nuestros corazones y en nuestras mentes y que la razón del dolor nos impulse a ofrecerla como nuestra máxima dádiva a Cristo

Cristo vivió calladamente en Su hogar con Sus padres, reali­zando la dificilísima experiencia de vivir una vida hogareña, con su monotonía, sus costumbres sin variaciones, su obligada subor­dinación a la voluntad y las necesidades del grupo, con sus leccio­nes de sacrificio, de comprensión y de servicio. Ésta es siempre la primera lección que todo discípulo debe aprender. Hasta no ha­berla aprendido no puede progresar. Hasta que la divinidad no se exprese en el hogar y entre los que nos conocen bien y son nuestros amigos familiares, no puede esperarse que se manifieste en otras partes.

Debemos vivir como hijos de Dios en el lugar ‑insípido, tedioso y a veces sórdido‑ en que el destino nos ha colocado en ninguna otra parte puede ser posible esta etapa. En el lugar donde nos encontramos es donde iniciamos nuestro viaje y de él no escaparemos. Si no tenemos éxito como discípulos donde esta­mos y en el lugar en que nos descubrimos a nosotros mismos, ninguna otra oportunidad se nos ofrecerá hasta lograr el éxito. Aquí está nuestra prueba y nuestro campo de servicio.

Muchos estudiantes verdaderos y conscientes creen que en realidad po­drían impresionar en su medio ambiente y manifestar su divini­dad si tuvieran un hogar distinto y un ambiente o escenario dife­rentes. Si hubieran contraído matrimonio con otra persona o si tuvieran más dinero o más ‑tiempo libre, despertarían más sim­patía en sus amigos, o si disfrutaran de mejor salud física, quién sabe qué podrían realizar. Una prueba es algo que constata y muestra nuestra fuerza; exige lo máximo de nosotros y nos revela los puntos débiles y dónde reside nuestro fracaso. Hoy se necesitan discípulos responsables y aquellos que fueron probados de tal ma­nera que no se desmoralizan ante las dificultades ni cuando en­frenten puntos oscuros en la vida. ¡Debiéramos darnos cuenta que existen ya esas circunstancias y medio ambiente donde podemos aprender la lección de la obediencia a lo superior que está en nos­otros! Poseemos exactamente el tipo de cuerpo y las condiciones físicas por los cuales puede expresarse la divinidad. Tenemos los contactos en el mundo y el tipo de trabajo requeridos para poder dar el paso en el sendero del discipulado, el siguiente paso hacia Dios.

Hasta que los aspirantes no capten este hecho esencial y se dediquen con regocijo a una vida de servicio, dándose amorosamen­te en sus propios hogares, 'no realizarán progreso alguno. Hasta que el camino de la vida no sea hollado con alegría en el círculo hogareño, en silencio, sin compadecerse de sí mismo, ninguna otra lección, ninguna otra oportunidad, les será brindada. Muchos as­pirantes bien intencionados deben también comprender su respon­sabilidad por muchas que sean las dificultades con que tropiezan. Confundidos, porque les parece evocar demasiado antagonismo en­tre quienes los rodean, se lamentan de no hallar una respuesta amis­tosa mientras estudian, leen y piensan, intentando llevar una vida espiritual. La razón puede hallarse, por lo general, en su egoísmo espiritual. Hablan demasiado de sus aspiraciones y de sí mismos-

Debido a que fracasan en su primera responsabilidad, no encuen­tran una reacción comprensiva a su demanda de tiempo para me­ditar. Quieren reconocimiento de que están meditando, exigen tranquilidad, no ser molestados ni interrumpidos. Ninguna de esas dificultades surgiría si los aspirantes recordaran dos cosas: Pri­mero, que la meditación es un proceso que se lleva a cabo en secreto, silenciosa y regularmente en el templo secreto de la propia mente del hombre. Segundo, que mucho podría hacerse si la gente no hablara tanto sobre lo que hace. Debemos caminar silenciosa­mente con Dios y mantenernos como personalidades en segundo plano; debemos organizar nuestras vidas de manera de poder vivir como almas, dedicando tiempo para cultivarlas, aunque conser­vando el sentido de la proporción, reteniendo el afecto de quienes nos rodean y cumpliendo a la perfección con nuestras responsa­bilidades y obligaciones. La autocompasión y el hablar en dema­sía, son rocas en las que se estrellan muchos aspirantes.



Por el amor y la práctica amorosa probamos nuestra iniciación en los misterios. Nacidos en el mundo de amor de Belén, la nota clave de nuestras vidas, desde ese momento, debe ser la obediencia a lo más elevado que hay en nosotros, el amor a todos los seres, y la total confianza en el poder del Cristo inmanente, para expre­sar (por medio de la forma externa de nuestra personalidad) una vida de amor. La vida de Cristo debe ser vivida hoy y, oportuna­mente, por todos. Es una vida de regocijo y alegría, de pruebas y de problemas, pero su esencia es amor y su método, el amor.



Nos dejó el ejemplo de seguir Sus pasos y llevar a cabo el trabajo que Él iniciara.



Mientras viajamos con Cristo desde Belén hasta la hora cercana a la segunda iniciación, ¿cuál es la lección que hemos apren­dido? ¿Cómo podemos resumir la significación de ese episodio en términos de aplicación práctica individual? ¿Este episodio tiene algún significado personal? ¿Cuáles son los requisitos y las posi­bilidades que nos esperan?



Hemos observado al Cristo desde tan lejos, y nos ocupamos tanto de la comprensión de Sus realizaciones, que la parte individual que de­bemos desempeñar, eventual e inevitablemente, ha sido olvidada. Le hemos dejado a Él todo el trabajo. Hemos tratado de imitarlo, y Él no quiere ser imitado. Quiere que probemos, para Él, para nosotros mismos y el mundo, que la divinidad que reside en Él se halla también en nosotros. Debemos descubrir que podemos ser como Él, porque lo hemos visto. Ha tenido fe ilimitada en nosotros y en la realidad de que "todos somos hijos de Dios", porque “nuestro Padre es uno". Nos demanda hollar el sendero de santi­dad y lograr la perfección que Su vida alcanzó, para lo cual Él Mismo nos pide que trabajemos.



A veces uno piensa si ha sido correcto que los hombres acepten las ideas de San Pablo tal como fueran traducidas en el trascurso de los siglos. El concepto del pecado muy poco fue tratado por Cristo. San Pablo lo recalcó, y el punto de vista que dio al cristia­nismo es, quizás, el responsable principal del complejo de inferioridad dominante en el cristiano común, inferioridad que Cristo no enseñó en modo alguno. Cristo nos llama a una santificación de la vida y nos exhorta a seguir Sus pasos, no los pasos o la in­terpretación que pudieran dar a sus palabras cualesquiera de Sus discípulos, por estimables o valiosas que fueran.



¿Cuál es esa santidad a que nos exhorta, cuando damos el pri­mer paso para el nuevo nacimiento? ¿Qué es un hombre santo? A continuación tenemos su imagen de acuerdo a la vida y el men­saje de Cristo:



"El hombre santo, el hombre perfecto, es aquel que en la total espontaneidad de su amor creador y en cada uno de los tres reinos princi­pales de la naturaleza, material, vital y social, cumple con todos sus deberes, desarrolla todas las verdades y conoce todas las bellezas, cada uno en su máxima potencialidad, en su yo natural. El hombre santo in­corpora así el deber amoroso la encarnación de la verdad vehemente y la personificación de la belleza suprema. Sólo el hombre santo es íntegro y sólo el hombre íntegro es santo."



Plenitud, unidad, unificación, integridad, son las caracterís­ticas que distinguen al hombre perfecto. Una vez vista con ojos bien abiertos la visión de la divinidad ¿qué podemos hacer? Este interrogante expresa nuestro problema. ¿Cuál es el paso siguiente, el deber inmediato del hombre que sabe que en él no ha tenido lugar el nuevo nacimiento, pero siente en sí el impulso de ir desde Galilea a Belén, por el camino de Nazaret?





Este nuevo nacimiento no es un sueño místico, ni tampoco la hermosa visión de algo posible, aunque no probable. No es simple­mente la expresión simbólica de alguna meta definitiva, que nos espera en un nebuloso futuro o en alguna otra forma de existencia, o en algún cielo eventual que podremos lograr si volvemos a la crédula y ciega aceptación de todo lo que la teología puede decir­nos. Es relativamente fácil de creer y constituye la línea de menor resistencia para la mayoría. Es difícil abrirnos camino hasta la etapa de experienciadonde se aclara el programa divino para el hombre, y las posibilidades que Cristo dramatizó se convierten en algo que nos impide descansar hasta que lo hayamos trasmu­tado en experiencia personal, por el experimento de la iniciación. El nuevo nacimiento es el resultado del proceso evolutivo y un hecho tan natural como lo es el nacimiento de un niño en el mundo de la vida física. Eternamente, durante edades, los hombres reali­zaron y continuarán realizando la gran transición, comprobando la realidad de esta experiencia. Todos debemos afrontarla en una u otra oportunidad.



Dos reconocimientos deben surgir en el mundo mental del as­pirante de hoy. Primero, la presencia del alma, una entidad vi­viente que puede y debe ser conocida por el proceso de traerla a la existencia en el plano de la vida diaria; segundo, la determina­ción de reorientar toda la naturaleza. para posibilitar una identi­ficación más estrecha con esa alma, hasta lograrse la total unidad. Vamos viendo lo que debe hacerse y adoptando la correcta actitud que lo hará posible. Las dos mitades de nuestra dualidad esencial ‑alma y cuerpo, Cristo y María, influidos por el Espíritu Santo, lo material y lo espiritual‑ se enfrentan y se aproximan cada vez más hasta que se alcanza la unión completa y el Cristo nace por intermedio de la Madre. Pero la aceptación de esta idea di­vina y la orientación de la vida para que la idea sea una realidad, son los primeros e inmediatos pasos

Esto es lo que Cristo enseñó y por ello oró al Padre:



"Mas no ruego solamente por éstos (Sus discípulos), sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean una cosa, como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que tam­bién ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste... Yo en ellos y Tú en mí, para que sean perfectos en unidad."



Ésa es la doctrina de unificación, Dios inmanente en el uni­verso, el Cristo cósmico. Dios inmanente en la humanidad, reve­lado por el Cristo histórico. Dios inmanente en el individuo, el Cristo interno, el alma.



"Cristo, siendo Dios real, procediendo del Dios potencial, desciende a la materia como el Sacrificio Divino desde el comienzo de la manifesta­ción. Contiene en Sí las ideas de todas las formas y cualidades que deben plasmarse en la materia. Voluntariamente se envuelve dentro de la natu­raleza y entrega su vida como una gozosa afluencia, para que las muchas almas puedan vivir y progresar. Entonces se trasforma, al completar la involución en el Hombre Arquetípico Divino, dispuesto a derramarse, en la evolución, en todas las cualidades y formas de vida. En el ser interno de todas las cosas, vive en secreto, y eventualmente nace o se manifiesta en el alma humana, donde, a medida que aumenta su poder, se convierte en el conquistador de la naturaleza inferior y, en el santo, finalmente retorna a Su Padre y Origen." (103)





¿Cómo puede experimentarse esta verdad del alma y el nuevo nacimiento en forma tan sencilla y práctica que aparezca su sig­nificado como permitiéndonos hacer lo que sea necesario? Tal vez ayuden las siguientes afirmaciones:

Oculto en todo ser humano está el "Verbo encarnado", el Hijo de Dios hecho
carne. Éste es "Cristo en nosotros, esperanza es de Gloria” que sólo es una esperanza para la masa. Cristo aún no Se ha manifestado. Está oculto y velado por la forma. Se ve a María, pero no a Cristo.



2. A medida que la rueda de la vida (la experiencia en Galilea) nos lleva de una lección a otra, nos acercamos cada vez más a la realidad interna y a la deidad oculta. Pero el Cristo‑Niño se halla todavía oculto en la matriz de la forma.



3. A su debido tiempo, la personalidad, física, emocional y men­tal, se fusiona en un todo viviente. La Virgen María está a punto de dar a luz a su Hijo.



4. La larga jornada toca a su término y el Cristo niño oculto, nace en la primera iniciación.



Se nos ha convocado para el nuevo nacimiento, nuestras perso­nalidades viven ahora plenas de potencialidad. El momento ha llegado.

"Levántate, oh mortal, comprende la finalidad de tu ser, haz lugar a Dios en tu alma, para que Él pueda poner de manifiesto a Su Hijo dentro de ti”.


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