miércoles, 4 de abril de 2018

Sintiendo lo que Sentimos



Hace muchos años, y en medio de una agitada relación, fui a ver a mi sabio amigo y mentor de esa época. Después de sollozar y quejarme del comportamiento del que creía mi futuro compañero, comencé una largo discurso acerca de que se suponía que debía aceptar lo que estaba sucediendo y que mi incapacidad para hacerlo demostraba un fracaso en el área de la aceptación total.

Habiendo encontrado recientemente por ese entonces las enseñanzas de la Nueva Era, me había fijado como meta, sin cuestionar, la idea de la aceptación incondicional y la rendición. Creí, por un período breve que todo mi sufrimiento se debía a que algo malo estaba haciendo, si me sentía herida.

Mi amigo escuchó, pacientemente. Y luego tomó un lápiz afilado de su escritorio.

"¿Qué pasaría si te pinchara los ojos con esto?", Preguntó.

Vacilante, respondí. "Bueno, realmente dolería".

"Exactamente", dijo, y sonrió.

Me tomó un momento darme cuenta de lo que estaba tratando de que viera. Me dolía, no porque hubiera algo inherentemente malo en mí, sino porque lo que estaba sucediendo era hiriente. El comportamiento que había supuesto que debía aceptar no era aceptable. Mis sentimientos estaban ahí para guiarme, en lugar de ser reacciones inconvenientes que debería reprimir, censurar o superar. Porque solo después de mucho andar comprendí que si no puedo aceptar sentirme como me siento, eso también es aceptable.

La creencia de que no debemos sentir lo que sentimos es una gran fuente de angustia.

 Esta creencia puede venir de una variedad de fuentes. Es posible que hayamos crecido diciendo que ciertos sentimientos son inaceptables (en algunas familias, por ejemplo, la ira siempre se reprime o la tristeza no se reconoce). 

Es posible que nuestra cultura, religión o espiritualidad nos haya enseñado que ciertos sentimientos particulares son signos de deficiencia, debilidad o maldad. La sociedad sanciona o castiga los sentimientos según la raza, el género y la sexualidad. Entonces, cuando nos encontramos en medio del enojo, el dolor, la envidia, la ira, el miedo o cualquier otra emoción que haya sido etiquetada como "negativa", creemos que hay algo mal en nosotros. Suponemos que tenemos que arreglar, resolver o deshacernos de la sensación. 

Además de sentir la sensación en sí misma, también tenemos que lidiar con la vergüenza o la auto-culpa por ella, en primer lugar. Nuestra confianza se viene abajo, dudamos y nos criticamos.

En el corazón de este asunto se encuentra la autoimagen idealizada de un yo ficticio que permanece para siempre inalcanzable. La autoimagen ideal varía para cada uno de nosotros, por supuesto. Creada en la infancia y refinada a medida que avanzamos en la vida, medimos nuestro yo real y deseamos ajustarnos al ideal. Quizás nuestra autoimagen ideal sea la de una persona serena y calmada que puede enfrentar cualquier eventualidad. Nos “pillamos” furiosos y hostiles y nos juzgamos a nosotros mismos en consecuencia.

 O nuestra autoimagen ideal es intrépida, valiente  y arriesgada, y nos encontramos temblando con una ansiedad incontrolable, y atrapados en un ciclo de auto desprecio como resultado de no encajar en lo idealizado.

 Independientemente de lo que creemos que  debemos  ser y sentir, estamos atrapados en la realidad actual de lo que realmente somos o sentimos, y más atrapados  parecemos estar al esforzarnos frenéticamente  tratando de que nuestro yo se ajuste a la imagen ideal. Esto es cometer violencia para con nosotros mismos y, a menudo hasta con los demás, porque muchas veces intentamos mantener intacta nuestra imagen ideal haciendo notar cómo se equivocan los demás. Otra forma de atascarnos en el proceso de soltar la idealización.

Si estamos dispuestos a investigar más a fondo, descubriremos los hilos de este nudo gordiano, y nos permitiremos sentir con más honestidad y profundidad en lugar de reprimir o negar lo que obviamente está aquí. 

Vayamos a concienciar…Primero, notamos la presencia de un  “debería” o “no debería”

No debería sentirme así. Se supone que debo aceptar esto. No debería estar enojado. 

Y luego lo cuestionemos. 

¿Qué o quién nos dice que no debemos sentirnos así? 

¿Cómo sabemos que se supone que debemos aceptar esto? 

En la investigación, no estamos haciendo estas preguntas desde una perspectiva intelectual. Por el contrario, las respuestas provienen de un lugar más profundo: desde la memoria, desde los escondites de información inconscientes que hemos almacenado tanto en la mente como en el cuerpo. 

Puede ser que descubramos que prometimos nunca sentir enojo porque tuvimos un padre furioso que nos traumatizó. O nos intimidaron en la escuela por atrevernos a llorar en el patio de recreo. Las posibilidades son infinitas; cada uno de nosotros descubre cómo esas inhibiciones, votos, reglas y demás funcionan dentro de nosotros.

Siempre llegará un momento en el que finalmente sentiremos esos sentimientos previamente denegados, prohibidos o tabú. Si le damos espacio, la sensación puede ser ella misma al fin. 

E incluso si es insoportablemente dolorosa, hay un alivio en poder estar con la realidad de lo que es, presentes, sin escapar, ni idealizar cómo deberíamos sentirnos. La sensación puede expresar, decir y mostrar su mensaje después de muchos años. Podemos sorprendernos al descubrir la sabiduría que yace en todos nuestros sentimientos. Nos volvemos más honestos con nosotros mismos. Nos acercamos más a la realidad de nosotros mismos, ya que no nos aferramos tan firmemente a la autoimagen ideal.

 Nos encontramos más dispuestos a sentir lo que está aquí y ahora, y menos dispuestos a validar rotundamente las enseñanzas y las reglas que nos dicen cómo ser o qué sentir.

Todos nuestros sentimientos, cualquiera que sea su naturaleza, y cualesquiera que sean nuestras ideas o creencias sobre ellos, son respuestas naturales o reacciones a la experiencia. Surgen naturalmente, no porque estemos equivocados o por culpa de nosotros, sino porque nuestros sistemas están diseñados para eso. Son una parte esencial de la experiencia de ser humano. Ser críticos con ellos, sean nuestros o de otros, es no entender el punto por completo.

 Cuando desarrollamos la capacidad de sentir lo que sentimos y le damos un espacio seguro para hacerlo, ya no necesitamos actuar de manera destructiva o dañina. Al llegar a ser plenamente conscientes de lo que estamos sintiendo, podemos estar presentes para nosotros mismos sin la vergüenza o la autocrítica que nos lleva a la negación. 

Comenzamos a sentir el espectro completo de nuestros sentimientos y nos conectamos con nuestra vivencia interna, soltando los  “debes  y  debería”.

 En lugar de tratar de ser super-yoes revestidos de caparazones  invencibles, nos volvemos humanamente vulnerables, abarcando todos los aspectos de nuestro ser.

 La vida nos toca, y tocamos la vida, cada vez más profundamente.

No nos perdamos la belleza de esos toques, que son la esencia de la mayoría de los aprendizajes en la dualidad en la que nos vivenciamos…aquí y ahora.

Y LAS BENDICIONES FLUYEN!

Tahíta

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